7 de julio, la revolución de Trujillo

EduardoGVEduardo González Viaña
Periodista y escritor peruano
Facebook: El correo de Salem

La noche del 24 de diciembre de 1931, algunas señoras sacaban el pavo del horno en Trujillo. De pronto comenzaron a escucharse estallidos de metralla.

En la silenciosa ciudad de entonces, habló y resonó la muerte, y todos la escucharon durante 30 minutos que se hicieron eternos.

¿Qué había ocurrido? … En el local del APRA, situado enfrente de la catedral, centenares de familias se habían congregado para gozar de una cena pascual. Sin embargo, el correteo de los niños y los villancicos fueron de súbito interrumpidos por el seco tableteo de las ametralladoras.

El gobierno del comandante Luis M. Sánchez Cerro había decidido amedrentar a los ciudadanos que creyeran en la necesidad de un cambio radical en la injusta sociedad peruana. La central nacional de los trabajadores había sido cerrada.

Víctor Raúl Haya de la Torre fue encarcelado. Otros luchadores sociales sufrían persecución o eran víctimas de secuestros y asesinatos.

Aquella noche en Trujillo, el ejército irrumpió por la cocina en el local aprista. Ametrallaron a las mujeres que preparaban la cena pascual. Igual suerte corrieron sus compañeros y sus hijos pequeños. Hubo decenas de muertos y heridos.

En otros lugares del país, durante ese mes y los siguientes, se sucedieron sangrientos atropellos como el de aquella desdichada Navidad.

Ello explica en parte lo que ocurrió en la ciudad norteña el 7 de julio de 1932. El pueblo se levantó allí contra la dictadura. Manuel “Búfalo” Barreto, un obrero de la caña de azúcar, capitaneó la rebelión. Armados de machetes, los campesinos de Laredo tomaron el cuartel y se apoderaron de los cañones. Por desgracia, el “Búfalo” cayó atravesado por una bala al entrar a la cabeza de los suyos.

En el mando, le sucedió Alfredo Tello Salaverría, una valiente maestro de escuela de apenas 23 años. Luego se alzó la bandera roja sobre la prefectura y el pueblo se movilizó para defender la ciudad y gozar de la libertad recién ganada. Otras localidades se plegaron a la revolución.

Pero no era solamente la cólera de los justos aquello que los empujaba a la contienda. Desde el comienzo del siglo XX, los sueños de la utopía social se habían propagado por el Perú y habían llegado hasta quienes más requerían de una esperanza. Semiesclavizados, los trabajadores de las grandes haciendas recibían su pago en especies alimenticias y en coca.
Además soportaban castigos corporales que podían llegar hasta la mutilación y la muerte.

La prédica anarquista del maestro Manuel González Prada y la acción unificadora de los anarquistas habían llegado hasta ellos. Se debe comprender por eso que allí prendieran antes que en cualquier otro lugar las lecciones del APRA, un movimiento destinado a propagar la idea de la unidad latinoamericana y de lograr en el país la nacionalización de tierras e industrias y la liquidación del feudalismo agrario.

La semana de la utopía, la historia se detuvo y Trujillo vivió en medio de sueños. En las calles, desapareció el trato de “usted” y todos se llamaban “compañeros”. Los universitarios apostaban a que la suya iba a ser una revolución tan trascendente como la de México o la de Rusia.

El ejército atacó la ciudad por aire, mar y tierra. Todos se aprestaron a vivir los escasos días de la libertad entre las barricadas de una ciudad rebelde. Una sola mujer, “La laredina”, contuvo a un ala del ejército. Los trujillanos ganaron una batalla tremenda en La Floresta.

A la hora de su triunfo, las fuerzas del gobierno fusilaron a unas cinco mil personas, y se inició una persecución feroz que duraría décadas. Y sin embargo, en la cárcel, en la pobreza o en el exilio, los sobrevinientes guardaron como un tesoro su esperanza.

A 81 años de aquello, es bueno recordarlo porque resulta imposible reconocer como heredero de los mártires al voluminoso líder de la facción garciísta que ordenó genocidios e hizo suyo el derechismo brutal de Sánchez Cerro. Es fácil entender también la razón por la cual millares de apristas, con Luis Alberto Salgado a la cabeza, han formado un Partido del Pueblo. Y se comprende también por qué los norteños –sea cuales fueran nuestras ideas, tenemos la mala fama de machos y de tercos.