Las luces de Margot

eduardogonzalesvianaEduardo González Viaña
Periodista y escritor peruano
Correo de Salem

Margot Ariza es una dama colombiana que acaba de fallecer y va a perdurar con el recuerdo de una familia ilustre cuyos miembros, artistas, arquitectos, diplomáticos, políticos y profesionales e incluso encantadoras reinas de belleza dan prestigio y renombre al país de su nacimiento.

Pero no es eso solamente. Para mí, significará también unas cartas de cariño intercambiadas hará setenta años entre ella y un poeta peruano. Las leí por dos razones, la primera, porque me encanta leer cartas ajenas y la segunda, porque el poeta, mi tío Marco Antonio Corcuera, me rogó que las viera.

Estaban escritas al filo de los años 50. Dos jóvenes que nunca se vieron se comunicaban con una regularidad quincenal. En vez del veloz e-mail o del chat que se adelanta a nuestro pensamiento, los correos tardaban entonces un mes en recorrer la distancia que separa Lima de Bogotá.

Marco Antonio era todavía un estudiante de Derecho en San Marcos. Compartía habitación con el pintor Andrés Zevallos de la Puente, ahora presto a llegar al centenario, y uno de los artistas peruanos de mayor trascendencia.

Por su parte, Margot escribía poesía. La suya había sido comentada y celebrada por algunos de los más eminentes críticos de entonces. Conocía además los vaivenes y los secretos de la política de su país.

Sus reflexiones eran agudas y su visión del acontecer resultaba profética. Se escribieron un poco más de diez años y su proximidad era tal que parecería en nuestros días la comunicación de dos chicos cibernéticos.

Se contaban los libros que leían y las películas que veían como si esperaran un comentario inmediato del otro lado. Margot, incluso, le presentó a Andrés a una de sus amigas, y parece que el pintor y aquella también estaban “saliendo” juntos.

¿Qué futuro tenía esa relación? El que tienen todos los amores y, sobre todo, los idilios más apasionados… En este caso los enamorados no se veían… Y eso creo que es una ventaja.

Marco Antonio había pedido matrimonio a Margot para cuando se recibiera de abogado. Mientras tanto, le anunció primero y después le envió el primer número de su revista-ahora histórica-“Cuadernos trimestrales de poesía”.

Lo cierto es que un día de comienzos de los años 50, la pareja se separó. Años después, uno y otro alcanzaron, en su respectivo país, un matrimonio feliz y muy hermoso.

A fines de los años 90, trabajaba yo en la Universidad de Berkeley y luego en la de Oregón, y todas las veces en que llegaba a Trujillo, Perú, pasaba por la biblioteca del tío Marco quien me esperaba con una botella de whisky y una hermosa antología de sonetos.

Compartíamos la idea de que el soneto no es algo que se ve, pero sí una luz que abre para nosotros todos los caminos de la vida. Un día supe que Margot pensaba lo mismo acerca de esa composición poética. Lo supe en la tarde de un día temible.

El poeta acababa de cumplir 80 años cuando sufrió un derrame cerebral. Me enteré de eso apenas en el aeropuerto cuando llegaba a Lima. De allí tomé de inmediato el avión que me llevaría a Trujillo.

Un familiar pesimista me dijo que Marco Antonio no me escucharía ni me conocería. Fui a su casa. Me llevaron a su habitación. Pedí pasar antes por su biblioteca y tomé la antología de sonetos que abríamos juntos cada año.

A su lado, comencé a leer, de Bernárdez, esa composición que comienza: “Si la mar que por el mundo se derrama/tuviera tanto amor como agua fría/se llamaría por amor, María/y no tan sólo mar como se llama

Al poeta, supuestamente muerto, se le humedecieron los ojos, me tomó de la mano e hizo que la mía abriera la primera página del libro. La dedicatoria rezaba: “A Marco Antonio, estos sonetos, estas luces prendidas”, Margot.

Como los sonetos que sólo duran 14 versos, esta nota no puede pasar de 600 palabras. Margot Ariza ha dejado las luces prendidas.

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