A quince años del crimen

eduardogonzalesvianaEduardo González Viaña
Periodista y escritor peruano
Correo de Salem

Un domingo por la tarde encontré en el jardín de mi casa en Salem, Oregon, una brillante y motorizada cortadora de césped. Se me ocurrió que pertenecía a alguno de mis vecinos, pero no era así. Era un domingo de septiembre del 2001.

Por la noche, me fui a dormir pensando que el misterio se resolvería durante el fin de semana o acaso a la primera hora de trabajo del lunes en que un vendedor muy cortés me llamaría para preguntarme si ya la había probado, e indagar qué me parecía hacerme dueño de ella por una módica suma mensual que empezaría a cobrarse a partir de octubre del próximo año.

Muchas veces a través de casi una década, Thiago Joseph Miranda de Melo, el jardinero brasilero, había insistido en que yo debía cortar el césped y dejarle a él los trabajos más especializados.

Inmigrante pobre y casi analfabeto, Thiago había hecho muchos progresos y tenía una empresa propia, pero nunca abandonó los proverbios que había aprendido en la universidad de la vida y del jardín:

“El invierno llega rápido a los jardineros perezosos”, ”La confianza es una planta de crecimiento lento”, “Las manzanas ajenas son las más dulces”, “La fe nos hace sembrar, no la vista” “Nuestros cuerpos son jardines, nuestras obsesiones son los jardineros” “Las hojas llegan antes que la tormenta, pero la tormenta se lleva las hojas”.

De esas frases estaban compuestos nuestros diálogos, y debo confesar que más de una vez me sirvieron para afrontar un problema, desechar alguna preocupación o iniciar con alegría una semana de trabajo.

Nuestro aprecio era mutuo porque, en una ocasión, yo había escrito una carta de recomendación para que su hijo Thiago pudiera ingresar a una universidad en Nueva York, y es justamente allí donde se encuentra Pepe desde hace un mes, o por lo menos eso es lo que yo creía.

En agosto de este año, al cumplir los 70, Thiago Miranda se jubiló, y decidió que su vida se repartiría cada año en visitar a su hija Karina Aparecida que es abogada de inmigración en Miami, a Thiago que pronto terminaría sus estudios de ingeniería de cómputo y por fin a María Elena que ejerce la medicina en Oregón.

Sería la primera vez que tendría vacaciones “porque las plantas no las tienen” y también la primera vez que haría tantos viajes, ya que solamente se había subido en un avión tres o cuatro veces en toda su existencia porque, según él, “los árboles no se mueven y las hojas no viajan en avión”

¿Qué andaría haciendo Thiago, allá en la isla de Manhattan, en estos días difíciles? Y ¿de quién será la podadora de césped?: son las dos preguntas con que me desperté este sábado. A las 8 de la mañana, tuve la respuesta.

El 11 de septiembre, muy temprano, Thiago y su hijo salieron de Queens y fueron al centro de la isla, a las Torres Gemelas que el muchacho quería hacerle conocer al mismo tiempo que invitarle un desayuno en la cafetería de uno de esos edificios en la que trabajaba para financiar sus estudios universitarios.

María Elena me acaba de llamar para decirme que el aparato que brilla en mi jardín es mío. Al jubilarse su padre, vendió la maquinaria, pero reservó algunas de las herramientas para obsequiarlas a los clientes que más estimaba.

Iba a dármela a su regreso de Nueva York, pero no va a regresar de allí porque “las hojas no viajan en aviones” y porque Thiago y su hijo se han transformado en hojas y en recuerdos que darán vueltas, vueltas y vueltas por el universo, y tan solo habrán de regresar cuando la muerte sea derrotada, y otra vez esté aquí la primavera.